Carmen renovada: una visión contemporánea que desafía al espectador clásico
El próximo 10 de diciembre comienza en el Teatro Real una nueva puesta en escena de Carmen, y aunque confieso que siempre he disfrutado más de las versiones clásicas, esta producción me tiene verdaderamente intrigado. Normalmente no soy muy partidario de las reinterpretaciones demasiado modernas: me gusta el sabor tradicional, la estética original, y ese aire casi mítico que muchas óperas tienen cuando se escenifican con respeto al tiempo en el que nacieron. Sin embargo, esta vez siento que hay algo distinto, algo que invita a mirarla con curiosidad, incluso para quienes preferimos lo clásico.
La dirección de escena propone dejar atrás el concepto romántico del “crimen pasional” y presentar la historia tal como es: un caso de violencia machista, una lectura que los responsables de la producción han defendido abiertamente. Aunque a mí me atrae más el encanto teatral del siglo XIX, reconozco que esta mirada actual puede aportar una profundidad que a veces se pierde en las puestas más tradicionales. Entiendo la intención y, de hecho, me parece valiente abordar una obra tan conocida desde un enfoque más honesto con la naturaleza del conflicto.
La música estará dirigida por Eun Sun Kim, la primera mujer en llevar la batuta en una producción operística del Teatro Real, algo histórico y muy celebrado. El reparto vocal también promete estar a un nivel altísimo, con artistas de renombre internacional en los papeles principales. Esa parte la disfruto especialmente, porque la música de Bizet, incluso cuando la escenografía no es la que más me convence, siempre logra atraparme desde los primeros compases.
Y aquí viene la polémica: la escenografía. A diferencia de las producciones tradicionales que suelen exaltar el colorido, el ambiente tabacalero y la atmósfera sensual de la Sevilla decimonónica, esta versión se sitúa en un entorno mediterráneo de los años 70, con espacios cerrados y opresivos. Algunos críticos han apuntado que el escenario es demasiado austero, demasiado áspero y demasiado alejado del imaginario clásico de la obra. Y lo entiendo, porque yo también suelo preferir las escenografías que respetan el contexto original; me resulta más fácil conectar con la historia cuando se mantiene su estética histórica.
Pero, aunque no sea mi estilo favorito, reconozco que la decisión tiene sentido dentro de la propuesta conceptual. No se busca embellecer nada, ni romantizar la violencia, sino mostrarla con toda su crudeza. Y aunque yo disfruto más cuando Carmen aparece en su plaza de toros, sus tabernas y sus callejuelas gitanas tradicionales, también admito que un enfoque innovador puede hacer que la obra siga viva y relevante, incluso para quienes la hemos visto muchas veces. En el fondo, aunque prefiera lo clásico, no cierro la puerta a que una reinterpretación moderna pueda sorprenderme.
Lo que sí permanece intacto, y por eso siempre vuelvo a Carmen, es su música. La Habanera, la Seguidilla, la Marcha del Toreador… esas melodías lo llenan todo, independientemente de dónde se coloque una mesa, cómo se vista Carmen o qué década quiera transmitir el director. Son eternas, y escuchar a una gran orquesta interpretarlas en directo hace que cualquier polémica escénica quede en un segundo plano.
Al final del artículo adjunto un vídeo de YouTube con fragmentos de la banda sonora para que podáis escucharla y entrar en ambiente antes del estreno. No sustituye a la experiencia en el teatro, pero sí ayuda a recordar por qué Carmen, sea clásica o moderna, sigue siendo una de las óperas más irresistibles de todos los tiempos.