En los Pastos de Cantabria: La Vida del Pastor de la Vaca Tudanca
Cantabria , con sus montañas verdes, sus valles escondidos y la niebla que se cuela entre los robles, es hogar de un animal que se ha convertido en símbolo de la región: la vaca Tudanca . Rústica, resistente y tranquila, esta raza autóctona ha acompañado a los pastores cántabros durante siglos, desafiando el clima húmedo y los terrenos escarpados de los Picos de Europa.
Cada mañana, antes de que el sol asome completamente sobre los valles, el pastor ya recorre los senderos pedregosos, llamando suavemente a su rebaño. Las Tudancas, con su característico pelaje negro con manchas blancas, emergen entre la niebla como pequeñas sombras que avanzan al ritmo de la voz humana. Su mirada serena y su paso firme reflejan siglos de adaptación a la vida en libertad.
Pastorear a estas vacas no es solo guiarlas por los prados; es conocerlas, entender sus costumbres y respetar sus tiempos. La Tudanca es resistente, pero necesita pastos cuidados, agua fresca y rutas seguras . Por eso, la vida del pastor es una mezcla de tradición y estrategia: rota los pastos para que la tierra respire, evita las áreas pantanosas y asegura que los animales tengan siempre acceso a sombra y agua.
El trabajo diario está lleno de pequeños rituales que marcan el paso de las estaciones. En primavera, los rebaños se desplazan a los pastos altos, donde la hierba es joven y nutritiva. En verano, la vigilancia se intensifica: el sol puede ser traicionero y el terreno escarpado exige que el ganado avance en grupos homogéneos. Los perros de pastoreo se convierten en aliados inseparables, dirigiendo suavemente a las vacas y evitando que se pierdan entre la bruma de los montes.
Pero el pastoreo de la Tudanca no solo tiene un valor económico. Cada paso del rebaño conserva la biodiversidad de los prados , mantiene vivos los caminos rurales y protege la tradición ganadera de Cantabria. El queso artesanal, la carne de calidad y la imagen de los valles verdes son el testimonio de un equilibrio logrado entre hombre, animal y naturaleza.
Al caer la tarde, el rebaño regresa a los corrales. La luz dorada ilumina los contornos de las vacas mientras mastican tranquilas, y el pastor, cansado pero satisfecho, observa el fruto de su trabajo: animales sanos, pastos intactos y un legado que se transmite de generación en generación. Pastorear Tudancas no es solo un oficio; es una forma de vida, un diálogo constante con la tierra y con la historia de Cantabria.
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